
Y por fin los humanos se lanzaron a masturbarse en masa.
Ríos de tinta, granizadas de teclas, batidos de cerebelo, caponatas y pistos en la misma sartén, inflexiones de vertebras, contorsionismos hedonistas desde el centro del ombligo, pornografías de lo cotidiano, experimentos sociológicos.
-¡Nos están utilizando!-, dijeron Las Palabras. Y se sindicaron.
Avergonzadas, las pobres palabras no querían salir y pusieron un límite por persona. Hubo que hacer cola en la Puerta del Sindicato para pillarse una ración.
Llegué tarde y no me tocaron muchas palabras, ni las mejores. Ahora cuando quiero meter una nueva en mi memoria blanda tengo que borrar una de las anteriores. No doy para más.
Pero es algo que deberían haber hecho hace tiempo, racionarlas.
Dice un
amigo que si cobraran por cada palabra que decimos la gente se lo pensaría dos veces.